Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
24º entrega
Solemos creer en Dios, le rezamos y pedimos ayuda, experimentamos y damos testimonio de Su Gracia, pero seguimos buscando la seguridad, la fortaleza y la templanza en la carne y la sangre caída, lo cual produce en realidad, fracaso tras fracaso, y a su vez, el miedo permanece.
Incluso cuando la persona de Fe experimenta en determinados momentos la seguridad y la fuerza que Dios Amor le da, después lo cotidiano va haciendo que vuelva a los criterios y las formas viejas y gastadas; pero dándole miedo volver a caer en lo mismo. ¿Por qué lo creemos o tendemos a hacerlo? Para afirmarnos en cosas que conocemos y suponemos que controlamos.
Escribía el venerado sucesor de Pedro san Juan Pablo II, el Papa de Nuestra Madre María, que la frase más repetida por el Señor Jesús en los santos Evangelios es: ¡No tengáis miedo!
¿Por qué?, ¿y a qué le tiene miedo el hombre? Es el problema del Primer Cielo caído, el Cielo de la Forma; se puede decir que el miedo es la materia prima de todas nuestras miserias.
El miedo es obra del maligno en la carne y la sangre caída, es la consecuencia de la soledad profunda que ésta experimenta desde que el cuerpo visible se aleja de la realidad invisible del Segundo y Tercer Cielo, y está aislado e incomunicado de Dios-Amor. Esta soledad que experimenta el hombre sin el Amor que viene de Dios y de María, hace que este se pierda, y se aleje más y más de Su Creador por el miedo; si logra resistirlo, es sólo por Su gracia que siempre igual actúa en todos.
Dios jamás abandona a sus creaturas, igual guió y condujo al hombre en la historia sin interferir en su libre albedrio; pero si bien sus creaturas son libres, Él también es libre desde El Principio, y además, Todopoderoso. Siempre cuidó su rebaño, buscó-busca a todas sus ovejas, en especial, a la perdida, las llama a la puerta de su corazón-espíritu y les habla.
Pero el demonio ha sembrado la soledad y el miedo en todos los corazones, y por ende, la autodestrucción. Todo el pueblo y todos los pueblos sufren este mal.
Por eso, el primero es el miedo a sí mismo afirmaba san Juan Pablo II, al cual siguen el miedo al resto de los hombres, al mundo, a los poderes terrenos, a los sistemas opresivos, y también a Dios.
Ese miedo es una prisión de la carne y la sangre caída, y aunque en realidad, esa prisión no existe, igual nos hace creer que el Espíritu no se va a imponer en nosotros mismos o en los demás.
Habitualmente el miedo en lo material-visible de la carne y la sangre caída es el miedo a tener hambre y necesidades, sea de alimentos, de comodidades o dignidades, vestido, vivienda, afecto y amor humano en casi todas sus variantes; y esto es así porque, por ejemplo, el amor a la Patria no es vivido, en general, cómo una verdadera necesidad personal.
Están siempre los miedos primordiales: el miedo a esa fuerza predominante e invisible, salvo por sus efectos o consecuencias, que es Dios, el Creador; el miedo a la Verdad, al futuro, al presente y hasta al propio pasado, miedo a la muerte, al dolor y al sufrimiento.
Pero son muchísimos más los miedos que padecen los hombres, más que el número de existentes; algunos insólitos, raros, y una gran mayoría, irracionales, sin sentido.
El miedo entra y domina cuando ansiosos-desconfiados queremos caminar y hacer las cosas desde la carne y la sangre caída, que cree que sabe algo y no sabe nada; y ahí el demonio hace su juego.
Llegamos a sentir miedo a tener miedo, miedo a amar y a ser amados, a amar sin límites, miedo al rechazo, al “qué dirán” o “qué van a decir o pensar de mí”, miedo a equivocarse creyendo que depende sólo de uno mismo acertar o errar, miedo a ser como niños, a amar como los niños sin entender nada, miedo a ser amados como amamos a los bebés.
¿Cómo poder amar a Dios, y por eso, a los demás, si buscamos agradar a los hombres?, ¿cómo poder amar a Dios por miedo a no gustarle a los demás?
También están los malditos, los impíos e injustos que tienen miedo porque su espíritu podrido presiente la Gloria del Padre y Su Omnipotencia.
Pasa que el creyente también suele tener miedo de encontrar que dentro de él hay pureza a pesar de todo, porque están Jesús y Su Madre María en sus corazones.
Un miedo común a todos nosotros merece un párrafo aparte porque es el gran problema, la gran barrera en la mayoría de los hermanos: la pretensión de la carne y la sangre caída de controlar la situación, como dijimos, pero lo único que depende de cada uno es ser lo que debe ser, si no, nada.
No importa que nuestra situación sea un desastre, que estemos hundidos en la miseria, que seamos esclavos del demonio, con tal de mantener esta estúpida ilusión, este supuesto control de la propia porquería; eso sí, sin entender de dónde vino, ni por qué, ni a dónde va. Más bien es un reflejo condicionado.
Este es el enemigo más grande de la Fe, va directamente en contra de la misma. Suplantamos el creer por el supuesto control del futuro; causa y efecto decimos, si hago esto, sucede aquello.
Por eso funcionan los falsos profetas de los que nos previene Jesús en las Sagradas Escrituras; por estos miedos, los que engañan a las multitudes disfrazándose del único Salvador, le dan más poder al pecado que al Amor de Nuestro Padre.
Sin embargo, el miedo connatural de la carne y la sangre caída, puede ser el motor de una virtud: la valentía; ésta es la actitud y el comportamiento que puede vencer el miedo, porque sólo es valiente aquel que teniendo miedo, lo enfrenta.
Así por ejemplo, un hombre se prepara y se dispone a combatir, por caso en un ejército, es porque no quiere morir él ni que mueran los suyos, porque teme a la muerte y quiere vivir, enfrenta al enemigo y es capaz de luchar. Esta es la paradoja de toda virtud.
Enfrentarse y vencerse a uno mismo no consiste sólo en vencer los miedos propios, sino también reside en buscar saber en el corazón de cada uno, cuál es la Voluntad de Dios: sus virtudes, y lograr hacerlas, si en verdad son su querer.
Dios Padre nos necesita livianos, libres de todo miedo y nos pregunta: ¿estás dispuesto a darme incluso tus miedos? En un primer momento pensamos, claro, ¿quién no querría sacarse los miedos y dárselos a Él? Pero muchos se aman más a sí mismos y prefieren tratar de resolverlos solos, por voluntad propia.
Quiere incluso nuestros miedos y preocupaciones. Pero no se quiere renunciar a los propios pensamientos, no se quiere declarar, como Su Madre y Madre Nuestra: ‹He aquí el esclavo o la esclava del Señor, hágase en mí según Su Palabra›; y seguimos creyendo en muchas palabras humanas.
Pero por las miserias, indecisiones, miedos, diatribas, etc. _cuando la humildad y el sacrificio total de la carne y la sangre caída se dejan de lado_ todos los problemas, los conflictos, terminan siendo a causa de Jesús y Su Madre. En este caso no se entiende, por lo tanto, no se disponen a que, cuanta mayor responsabilidad, más entrega y sacrificio de nosotros mismos necesita el Salvador, pero no en la práctica y en el qué hacer cotidiano, sino de aquellas cosas que persistimos en guardar en el corazón y no entregamos.
Él es nuestra única seguridad. «No den nada por seguro, excepto que Yo estoy a su lado con todo Mi Amor y Misericordia para siempre.» _dice el Señor.
En determinados momentos Dios no permite que el miedo nos ataque más, para que podamos tensionarnos y ocuparnos de lo que tenemos que hacer; pero esto provoca una reacción tibia frente a esa situación, por eso es clave estar y permanecer en Jesús todo el tiempo para encontrar el verdadero querer del corazón, para poder usar la convicción que ya tenemos para abrazar la cruz como lo hizo Él camino al Gólgota.
¡Abrámosle el corazón a nuestras esposas, esto nos ayuda a encontrar la Fe y la convicción, a los varones y a ellas! Lo interior del hombre no es lo mismo que lo exterior; su interior es más fuerte.
Cuando Jesús está dentro de nosotros _yo soy Él y Él soy yo_ y allí en el corazón de cada uno podemos buscar la fortaleza y la alegría que queremos. Qué puede más: ¿el Amor o el miedo? Que tiene más peso: ¿el Amor-Esperanza o el miedo-frustración?
Si Jesús nos dijo que no tengamos miedo y nosotros tememos, ese miedo tiene su raíz en la soberbia: la soberbia de no creerle a Él, y como consecuencia, no aceptar la Verdad.
Es simple, en este caso, no tener miedo es una virtud que tiene su raíz en la humildad.
El miedo es desamor, por lo tanto, soberbia, y ésta rechaza el Amor, sea que venga directamente de Dios, de los hombres o de las cosas creadas por Él.
El miedo hace creer a cada uno que no es digno del Amor; ese veneno interior no permite que se acepte la Misericordia del Altísimo. Se genera un miedo que paraliza, no permite dar ni recibir. ¡Vayamos juntos y destruyamos el miedo que nos paraliza!
En este mundo muerto todos se mueven por el miedo. ¡Eso se acabó!
En las mujeres-María, la inocencia es un arma clave y decisiva en su ser, pero a su vez, ésta las hace más débiles en la carne y la sangre caída; y si están débiles las otras herramientas que el Uno les da: la Fe, la entrega, la obediencia, la esperanza y la templanza, la inocencia es la que cae primero.
En el corazón de las mujeres, cuyos misterios pueden ser insondables, es menester romper el miedo con la ternura porque ese corazón necesita ser uno caminando con el otro; y no hay nada que puedan esconder, porque allí comienzan las confusiones, y lo que fue guardado en él, como lo hacía la Madre de Jesús, comienza a mezclarse con pensamientos vanos, equivocados, sentimentalismo, fatalismo, y finalmente la angustia y la desazón que guardan celosamente mostrando una impostura que su corazón frágil no puede tolerar; rompen en llanto siempre que no las veamos.
Todos los miedos humanos se unen y resumen en este miedo que actualmente tenemos a las consecuencias personales, familiares y comunitarias del fin de este mundo de la injusticia y el desamor.
Por este miedo demoníaco se niega la realidad, las evidencias físicas-visuales que ya están sucediendo en todo el globo, y los tres días: la noche de la humanidad que precede al Nuevo Amanecer es, ¡ahora, pronto! Este miedo niega la Presencia en María Liliana, y hasta odia a la Señal de Jonás: ¡Joaquín!
Es ese miedo-pánico que impide comprender-aceptar que el Golpe Final de Amor que el Uno y los fieles creyentes juntos estamos dando en este momento culmine de la historia: ¡es la Esperanza!
Remarcamos lo de juntos, porque se trata más bien de transformar este miedo en Temor de Dios, que nos impulsa a amar más y no a ser esclavos, que es lo que hace el miedo.
‹Temor de Dios, que es el principio de la Sabiduría, que es la fuerza de la Buena Noticia; temor creativo y nunca destructivo que genera hombres que se dejan guiar por la responsabilidad, por el amor responsable…, hombres santos o verdaderos cristianos a quienes pertenece en definitiva el futuro del mundo›; así hablaba un grande, san Juan Pablo II.
Veremos más adelante como encauzar este miedo en la unión con el Corazón del Padre en sus hijos, si se vive y expresa, se busca y se quiere encontrar.
Es en ese momento que el gozo es pleno, que el Amor explota en el corazón de los hombres y se hace eterna su felicidad, porque estamos en el seno del Padre Todopoderoso.

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