Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
25º entrega
El dolor sin Amor es lo que sufre la carne y la sangre caída cuando se separa de Dios, no tiene otra capacidad que la de sufrir, por eso es el sin sentido, al no encontrar el bálsamo del Amor.
El hombre fue hecho en espíritu, alma, carne y sangre; cuando prevalece la carne y la sangre caída, es como si de una perfecta unidad que sólo así funciona en plenitud, se pretendieran hacer dos unidades.
Eso es imposible. Eso es el pecado del hombre dividido interiormente y eso es lo que erradicaremos de la tierra con el Perdón, el Amor, la Verdad y la Justicia.
El desamor es rebeldía y orgullo, y éste último es aquello que nos aleja de Dios, que no permite aceptar el Amor porque hace creer que la carne y la sangre caída tiene algo bueno de por sí, olvidando que todo lo bueno viene de Dios.
¿Para qué le pedimos orando a Jesús y María o les preguntamos? ¡Sí sólo queremos hacer aquello que nuestra tonta y siniestra carne y sangre caída quiere o se le antoja en sus caprichos!
El desamor es la tergiversación de la necesidad de Amor.
No se pide Amor a través de cada hermano, porque no se acepta la ayuda por miedo a mostrarse débil.
Se persiste en creer que la fortaleza y la firmeza la produce el hombre mismo, y no nos damos cuenta que sólo viene de Dios. Entonces se sufre esta necesidad dividida, y sólo tomamos y aprobamos desde la carne y la sangre caída siguiendo la voluntad humana; y en los hechos se manifiesta, se presenta, y es su consecuencia, el desamor.
La idolatría _sobre la cual Nos ya escribimos: ‹…consiste en que el hombre divinice lo que no es Dios, reverencie a criaturas: hombres o demonios; o al poder, al placer, al amor humano, las riquezas materiales o espirituales o al dinero. Este pecado hace ídolos: como el Estado, otras instituciones u otras obras humanas…›_ es la carne y la sangre caída.
Pero nadie sano en la mente pondría a un siervo antes que a un rey.
Es que lo corporal debe estar, como el hermano burro que es, al servicio de lo espiritual, y no al revés; el cuerpo es un servidor de la Voluntad del Padre.
Es lo corporal visible del hombre quien reúne y resume los tres Cielos, e insistimos, con el amor humano elevado a esferas más sublimes y profundas, lo podemos vivir ya en la tierra.
Creemos que a lo material y lo carnal hay que eliminarlo o anularlo por medio de preceptos y reglas, y esperar a perder el cuerpo para que viva su plenitud, y es totalmente al revés: Dios vive Su plenitud en nosotros al completarse en lo material-visual y en la carne y sangre nuevas: Belentuel y Mannuel.[1]
Muchos muestran una cara, pero tienen otra; les da vergüenza y tienen culpa.
El Padre nos muestra no otra cara, sino el verdadero Rostro que mostró Jesús, Dios hecho hombre, para que lo podamos ver o empezar a verlo en nosotros, Sus amados. ¿No entienden?, ¿es pesado?
No busquemos culpa en el interior de nuestros corazones, es meterse donde no hay salida, es quedarse en uno mismo. No busquemos culpas pero decidámonos a corregir con Él lo que sabemos que pone trabas a la Verdad-Jesucristo, lo que sabemos porque Él mismo lo ha enseñado directamente viviéndolo primero, también a través de Sus santos de todas las épocas o a través de un hermano, preferentemente, uno sencillo y humilde.
Todo esto sólo puede ser vencido por el Amor, por un Amor más grande.
Esto es responsabilidad, hacernos responsables de nuestros actos y decisiones cuando somos en verdad libres; mientras la culpa es propiedad de aquellos que antes son esclavos de “la ley”, de sistemas e instituciones y de sí mismos: la carne y la sangre caída.
El problema es siempre la culpa, pero es la culpa del mal espíritu de Judas, que lleva a escuchar todos nuestros rencores, y eso no nos permite amar.
No pretendamos no tener broncas pero no nos dejemos llevar por eso, comprendamos como María comprende y ahí vendrá el olvido de las causas y rencores. Los únicos que pueden ayudarnos hablando-orando son María y el Padre, que ayudan a olvidar.
La culpa es como un encierro donde no se ve nada, no hay ventanas; son todos pensamientos nada más o estructuras mentales de cómo deberían ser las cosas en cada uno y en los demás.
Eso no sirve para perdonar porque la culpa genera una condena que hace creer que no vamos a poder superarlo y eso mismo lleva a hacerlo, porque total, no lo podemos superar. El tema es liberarse de la culpa perdonándose, en realidad, primero disponiéndose a perdonar y perdonarse.
Afinen el oído del alma para lo que sobrevendrá, sin culpas por cómo es o lo que dice la carne y la sangre caída; que nada se convierta en un extremo.
Dice san Benito a las mujeres esposas: ‹La culpa; la culpa del miedo, la culpa por no entregar a sus maridos al Sacrificio Santo, traición al Amor-Dolor e ignorar a Jesús, Su muerte en Cruz, y así hace a la cadena del desamor. Todos argumentos sin sentido, que sólo apuntan a la frase famosa: ¿será verdad todo esto?, y así se genera el descreimiento y se pierde el valor de la Comunidad, llevando y arrastrando al descreimiento. Estos son los daños firmes y claros que causan en el alma y heridas al corazón.›
[1] ‹La Revelación Suprema de Todo Bien› – Nº 53
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