Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
21º entrega
‹Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu desea contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren.› (Cf. Gálatas 5, 17)
‹Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu desea contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren.› (Cf. Gálatas 5, 17)
Nos hacemos el aporte de Nuestro saber sobre este combate fatal que este versículo de san Pablo describe, nunca debidamente comprendido en lo que va de la historia de la salvación; y especialmente, resuelto ese combate a favor de Dios-Amor y sus creaturas.
Los hombres se han convencido que el Amor no es Todopoderoso en nosotros, los humanos.
Un pequeño rebaño aquí en la Argentina sabemos que esto último no es verdad. Vivimos en común en nuestra co-existencia comunitaria la victoria del Espíritu sobre la carne. Experimentamos, sentimos que somos eternos pese a los tropiezos y caídas en una lucha cotidiana tan simple como ardua, ¡sin tregua!
Es clave y definitivo, es muy importante, clarificar y precisar más cómo se desarrollan ambos deseos, sea el de la carne cómo el del espíritu.
El deseo del espíritu es el deseo original del Creador y de la Creación: conformar los tres Cielos en uno: el Cielo en la tierra, y para eso, traer de nuevo a Casa al hijo pródigo; y este es la carne y la sangre caída, el cuerpo del hombre. Es al mismo tiempo, el cuerpo de cada ser humano, el Cuerpo místico de la Iglesia de Jesús, y el Cuerpo único de toda la humanidad.
Este deseo del espíritu es Amor, y por lo tanto, es parte siempre del mismo Creador Uno y Trino, quien para ver realizado Su Deseo debe luchar, combatir, lo que significa siempre y en todo lugar, sufrimiento y dolor, porque aquel que libremente se fue, libremente debe regresar.
Este auto límite del Amor provoca no sólo dolor sino también, a su vez, alegría y gozo en el Amor; supone saber creer _también en los hermanos_ esperar y amar más y más.
Los varones y mujeres de Dios estamos llamados a participar de esta lucha y compartir con Él y entre nosotros ese Amor-Dolor del combate por el Amor y con Amor. Este especial y particular deseo del espíritu consiste, en definitiva, en volver al principio de la Creación, al Paraíso.
Pero, ¿por qué dice san Pablo que el espíritu desea contra la carne?
Porque la carne, el hijo pródigo, es todavía más rebelde a pesar de su evidente impotencia; aún persiste en: …estar al servicio de un hacendado cuidando y alimentando cerdos y sin poder saciar su hambre con el alimento de los mismos, porque no se los dan (Cf. Lucas 15, 14-16).
Persiste en servir a los supuestos poderosos de este mundo alimentando a los “cerdos” y, ¿qué cosa son los cerdos? Las injusticias y todas las formas de desamor y odio; pero ese “alimento de los cerdos” que la carne y la sangre caída necesita, resulta que son bellotas, frutos duros y amargos que tampoco la harían-hacen feliz y plena. El problema es que la carne y la sangre caída es fácil e indefensa víctima de Gog, Magog, Judas, y de las seducciones del demonio.
Porque muchos prefieren sufrir según la carne en lugar de padecer según el espíritu.
El espíritu la llama, la busca porque la ama, la quiere salvar, quiere volver a unirse a ella en el alma, y este deseo, es contra la carne y la sangre caída porque ese deseo del espíritu, provoca su propio y tenaz deseo contrario. Por eso el espíritu-Amor necesita imponerse para salvarla de esos males. ¿Cómo? Arrollándola con el Amor, amándola más y más.
El deseo de la carne y la sangre caída es totalmente diverso, muy distinto, ¿por qué desea contra el espíritu? Porque no quiere depender ni de Dios-Amor, ni de sus hermanos.
Este acto de obstinación de la creatura, es una falsedad porque niega precisamente su real condición de creatura: algo o alguien creado por Otro. Este es su terco deseo contra el espíritu.
Cotidianamente la lozanía de la inocencia, la disposición a la obediencia y la disponibilidad a aceptar lo que venga, se desvanecen en todas nuestras actividades.
Incluso pensamientos asumidos y que vienen de Dios, nos lo arrogamos y se continúan ejecutando como si fueran un fin en sí mismos, y luego, como si el fin fuera el placer que nos produce ese pensar y hacer, y finalmente, como si nuestro orgullo, eficacia o fama fuesen nuestro objetivo más importante.
Por eso, en este mismo momento, usted y yo, podemos estar cometiendo este pecado de la caída, o a punto de cometerlo o arrepintiéndonos de él.
Al despertarnos cada día tal vez agradecemos a Dios por él, pero antes de terminar de asearnos y vestirnos ya se ha convertido en nuestro día, y a partir de allí, nos vamos adueñando de todo lo que creemos en los hechos, es “nuestro”, porque así parece cuando nos arrebata el querer hacer sólo nuestra voluntad.
De esta forma tenue abrogamos, es decir, abolimos, derogamos, invalidamos lo que es de Dios.
Éste era-es el punto más débil en la naturaleza creada, que en el marco de la libertad, conformaba un riesgo que Nuestro Padre consideró que valía la pena asumir.
Por eso, siempre que nos damos cuenta de la existencia de Dios y lo conocemos, se nos presenta una terrible alternativa: elegir a Dios o a nosotros mismos como centro.
Mucho se ha discutido en la historia si Dios es el centro o el hombre. Hoy, podemos decir y decimos: Dios-Hombre es el centro. Esta es una tercera posición _como decía Juan Perón, pero en un sentido más profundo_ que no es más que la Tercera Creación, la unión del Santo de los santos con el hombre pecador: este es el centro, sobre el cual gira el universo y lo Creado, todo, en torno a él.
El desviarnos de Dios hacia uno mismo, nos separa de Él inevitablemente. La sola conciencia de que existe un “yo propio” en la carne y la sangre caída, el simple hecho de llamarlo “yo”, incluye desde el principio, el peligro de la idolatría de uno mismo.
Por ejemplo, solemos pensar: ‹Como yo soy yo, debo hacer un acto de mi propia voluntad, no importa cuán pequeño o grande, fácil o difícil sea este acto, para vivir para Dios en lugar de para mi mismo› y, ¡nos parece un gran pensamiento o querer!, cuando en verdad, de esta forma, sólo estamos confiando en nuestras propias “fuerzas” primero y antes que en el Poder de Dios, que es Amor.
Existen entre los hombres de Dios, distintos grados de entrega, pero aún confesando y sintiéndonos nada, decimos realizar actos de renuncia, ¿renuncia a qué?, ¿no era que somos nada, tierra, polvo?
Es que siempre pretendemos controlar la situación, al menos la nuestra, y alejándonos de Dios del modo sutil antes descripto, la carne y la sangre caída cree-recuerda tener todavía aquel poder-capacidad que poseía en el Paraíso, cuando no estaba separada de la fuente de su ser que es su Creador.
Pero el estar alejada no cuenta plenamente, porque siempre la creatura depende de Dios aunque no se dé cuenta, con esa fuente de poder ser, hacer y saber.
Es así cómo muchos creyentes contemporáneamente, tomando todavía a Dios como a un semejante, caen en el ‹serán como dioses›, y quieren actuar por su cuenta, preocuparse y ocuparse de su propio futuro, planear su seguridad, la resolución de sus necesidades materiales y de sus placeres; tener “lo suyo”, desde donde, por supuesto, los creyentes “pagan algún tributo razonable” al Todopoderoso: en tiempo dedicado a Él, atención y amor, pero porque lo que tienen piensan, “es de ellos” y no de Dios.
Entonces “le rezan”, participan de la liturgia o de las celebraciones, son piadosos y dan limosna o ayudan a alguien, pero creen estar en un “rincón del universo” desde donde le dicen a Su Padre: ‹Estos son asuntos míos y no Tuyos›. Es por esto que hablan de “mi” tiempo, de “mi” amor, de “mi” trabajo, de “mis” hijos o “mi” familia, y hasta de “mi” alma.
El problema es que nada en verdad es nuestro, todo lo da Él, y todo es Todo; no hay tal “rincón del universo” y por ejemplo, cada alma, de hecho, no es de cada uno; tampoco su tiempo cronológico.
La humanidad tiende a pensar e imaginar una continuidad eterna de esta lucha fatal, fatigosa y aburrida entre carne y espíritu, y espíritu y carne. Sin embargo, veremos por qué no es así.
Si diagnosticamos correctamente desde la mirada, el saber y el pensamiento de Jesús y de María los problemas que la carne y la sangre caída provocan, las soluciones están a la mano para todos, así como las formas de ejecutar su muerte y Resurrección que la transforman en la nueva sustancia del Primer Cielo de la Forma o la tierra cuando se somete e integra a nuestro espíritu nuevo y nuestra alma.

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