ESCUDO PAPAL

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El Papado Gobernante encabeza el Colegio de los Apóstoles de los últimos tiempos que asumen unidos, SER el Señor y Maestro Jesucristo, servidores a la única Iglesia que Él mismo fundó, su conducción: el Imperio del Sagrado Corazón de Cristo Rey.

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lunes, 5 de diciembre de 2011

* La carne y la sangre caída es la impotencia humana – 1º parte

Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
15º entrega

El relato del Libro del Génesis (Cap. 3, 1-24) describe las nuevas condiciones y no determinaciones del Padre Creador, de la existencia del hombre caído o humanidad en la tierra.
Se han visto en estas condiciones castigos de Dios, pero en realidad éstas no son más que las consecuencias forzosas de una decisión errada del hombre que, usando su libre albedrío, altera su ser y lo descompone.
El Señor Dios maldice a la serpiente que aloja al demonio y deja de ser un animal doméstico; el arrastrarse por el suelo comiendo polvo es figura de la derrota del orgullo y soberbia del Diablo que se completa con Su Designio: ‹…Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón. (Génesis 3, 15).
Este no solamente no es un castigo sino que es el comienzo de la Buena Noticia porque tras esta enemistad-combate fatal, el linaje, la raza o alcurnia de la Mujer aplastará su cabeza-orgullo.
Este versículo llamado ‹proto evangelio› no sólo anuncia-describe la esencia de la Salvación sino que nos muestra como las tentaciones-propuestas de Satán, serán-son frutos amargos de su mirada rastrera.
Dios le dijo a la mujer: ‹Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos, darás a luz hijos con dolor…› (Génesis 3, 16). Porque Eva, la primera mujer, como el mismo Adán la nombró (Génesis 3, 20), nunca cerró su corazón al Padre como pretendía el demonio y quiso ser Su Descanso santificado y bendecido: el séptimo día, alumbrando hijos (Génesis Cap. 4 y 5); por eso su sufrimiento.
Desde entonces hasta estos tiempos finales de la generación Divino-humana, las mujeres concebirán vástagos con dolor; también del linaje de la serpiente, frutos del placer y la codicia.
Pero por esta vía, La Mujer-Virgen María: la Bondad que arrasa co el vacio-maldad y el dolor de la serpiente, concibió y dio a luz al Verbo del Padre que se hizo carne y habitó entre la raza de víboras (Cfr. Mateo 23, 33), lleno de gracia y verdad. Era-es el Señor del sábado hecho para el hombre.
¡Lo anunciado se había hecho visible! La Luz verdadera que ilumina a todo hombre, vino al mundo.
La carne y la sangre caída de una embarazada, impide que la Gracia de Dios pase a través de ella y cree las condiciones en su cuerpo, transformándolo para que el bebé pueda nacer.
Si las mujeres fueran más dóciles a la Gracia, y no interpusieran la carne y la sangre caída, en la pretensión auto endiosada de decidir ellas cuando deben nacer sus hijos, todo sería más fácil y ligero, sin dolores de parto.
Dios le dijo al varón: ‹Porque le hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol prohibido, maldito el suelo por tu culpa, con fatiga sacarás de él tu alimento mientras vivas; te dará cardos y espinas, y comerás hierbas del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra…› (Génesis 3, 17-19).
Esto es: la carne y la sangre caída ha de sufrir en el cuerpo por los esfuerzos y hará sacrificios para vivir, hasta que por otra libre decisión se una a Dios nuevamente; o sea, hasta que en armonía con el espíritu y el alma, vuelvan a ser una unidad trinitaria.
Mientras, históricamente siempre unos pocos buscarán hacerse poderosos _para zafar de esta maldición_ sobre la base de la explotación del hombre por el hombre, apropiándose-robando bienes creados destinados a todos; como los desarrollos tecnológicos, desde el fuego y la rueda en adelante, también.
El hombre caído involucionó de su condición primera: de amalgama de polvo de tierra y espíritu destinado a ser señor y rey de la naturaleza creada, pasó a ser su huésped alojado en su propia casa, incluso su prisionero.
Necesariamente la naturaleza-Creación pasa a ser hostil con la humanidad en la misma medida que el hombre deja o no sabe conducirla-gobernarla porque deja de amarla sin sentir que es suya o propia.
En la caída, en lugar de guardarla y cultivarla con responsabilidad pretenderá tiranizar la Creación, explotándola por medio de la fuerza física _el derecho de las bestias, como dijimos_ y así la destruye, despilfarra y depreda hasta hoy.
La expulsión del Jardín del Edén es la consecuencia más importante, porque si bien con sus limitadas capacidades, el hombre llegaría con el tiempo a conocer un poco y distinguir algo lo correcto de lo incorrecto por medio del ensayo y error, el empleo de su razón limitada, y de la Revelación, pero sin ‹nacer de nuevo› desde el Espíritu, no podría-podrá ‹echar mano al Árbol de la Vida, tomar, comer y vivir para siempre…› (Génesis 3, 22). Que haya tomado y comido el fruto del árbol de la presunción, no significaba que ya estaba fuera del Paraíso, porque Dios había dispuesto que en el Jardín del Edén estuviera todo a disposición del hombre.
El hombre fue arrojado del Paraíso porque, justamente, luego de desobedecer, se produce la separación entre él y Dios. Entonces existía la posibilidad de que en ese estado de “separado”, decida vivir para siempre. Por eso Dios lanza al hombre del Jardín del Edén, para reservar y esperar el momento en que el Hombre-Dios tuviera que hacer su entrada en el tiempo cronológico.
Porque el hombre caído se hace constitutivamente complicado desde que pretendió, engañado, poder sin Dios, y esto fue-es así a propósito. ¡Es designio y sentencia del Padre que todo sea complicado desde la carne y la sangre caída! Es la custodia de los Querubines con la espada zigzagueante que cuidan que no comiéramos del Árbol de la Vida (Gen 3, 24).
El Árbol de la Vida es María-Amitiel, esto quiere decir que Adán-Gabriel, unido en Dios y con Dios a Eva-Amitiel, tendría Vida Eterna, sólo así. Para que la creatura pudiera lograrlo, era necesaria una Segunda Creación. El Padre lo reservó para ésta, ya que la primera había desobedecido.
El Árbol de la Vida fue reservado para ‹dar a luz› a Dios mismo, que vino a dar Vida verdadera en medio de la muerte con apariencia de vida.
Desde el ‹Sí› de la Virgen María-Amitiel, los hombres tenemos acceso al Árbol de la Vida, que es la misma Reina Madre María, para que entregándonos y dejándonos Guiar por Ella, tengamos Vida Eterna.
Esto es: creer en Jesús y practicar Sus Enseñanzas. Es por esto que María es el puente seguro hacía Jesús. Ella nos guía hacia el Camino de la Vida. Pero no podemos entregarnos a Ella si no renunciamos y morimos a “ser como dioses”; es imposible.
Quisimos exponer al final una consecuencia clave de la decisión del hombre de pecar-desobedecer. Dios le anunció a la mujer: ‹…tendrás ansias de tu marido, y él te dominará.› (Génesis 3, 16)
Es que esta primera separación entre Adán y Eva, y luego su repetición, hizo-hace del vínculo varón-mujer una contradicción. Cuando crece uno, decrece el otro, y la armonía entre ambos generalmente se presenta de forma efectiva por períodos cortos de tiempo, y por momentos en las relaciones estables, también.
Quienes originalmente eran una sola persona-espíritu en dos cuerpos ahora creen-piensan que uno puede ser sin el otro. Dividir para reinaràcondenar fue la operación del Enemigo.
Como de hecho con el pecado el varón renuncia a sus responsabilidades de rey de la Creación, es decir, ser conductor, el Creador confió la reproducción humana a las mujeres que sostenidas por el espíritu de María Amitiel, actuando de incognito en lo invisible y profundo de sus corazones, podían mantener el equilibrio entre varón y mujer por medio de la maternidad-reproducción.
Era necesario sostener a Adán Gabriel y su descendencia porque la debilidad-fragilidad espiritual del varón, es decir, su alejamiento de Dios Creador, siendo mayor que el de la mujer, habría hecho desaparecer su virilidad mucho antes, como ocurre en la actualidad.
Este es el contenido de la ansiedad de la mujer por el varón-marido profundamente emparentado hasta la terquedad más sublime por y para ser madre; siendo capaces de caer y sobrellevar formas aberrantes, deformadas de relación con los varones con tal de poder amar y ser amadas.

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