Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
19º entrega
La Fe tiene este origen, viene de Dios, es en principio invisible pero se hace visible cuando el creyente la encarna. La Fe no necesita de otras pruebas o evidencias porque ella misma es prueba para quien la vive porque la practica o la usa; es certeza sin resultados visuales, es causa y no consecuencia, es anterior a sus efectos.
Es algo, es sustancia espiritual; la Fe es un regalo personalísimo, es indelegable y es responsabilidad de cada persona, igual que la libertad. No es lícito que éstas: Fe y libertad dependan de otros, aún de la autoridad de auténticos varones y mujeres de Dios o de profetas y profetisas, ni de su calidad personal.
Si creo en algo es por un acto libre de la voluntad, nadie más tiene responsabilidad sobre eso.
Es por la Fe, y no por los sentidos del cuerpo que se pueden conocer las realidades del espíritu, y una vez conocidas, es necesario buscar en el interior, en el propio corazón, que es lo que realmente se quiere; y si comprobamos que esas realidades del espíritu cada uno las quiere en verdad, es necesario decidir, tomar una decisión para alcanzar convicción en los propios actos y hechos de los que se participa o se es parte.
Porque sin Fe y convicción no funciona la traslación de lo invisible de la única realidad, a la parte visible de la misma realidad. Solamente de esta forma conseguiremos re-unir los tres Cielos en uno: el Cielo de la Forma, el visual material.
Repetimos, la Fe misma es sustancia que se convierte en prueba de su existencia; no necesita de otra comprobación o verificación.
Sólo a modo de comparación, se puede decir que la Fe es como la energía eléctrica _que tampoco vemos_ y la electricidad es la que hace funcionar a los aparatos creados y diseñados para que realicen su trabajo empleando dicha energía; si no funcionan, salvo que falle la fuente de energía, el problema está en el aparato: en la Creación, la criatura humana.
Entonces, cuando no se vive como hijo de Dios, lo que falla es el hombre y no la Fe, porque en este caso, la fuente de la Fe que es Dios nunca falla, y entonces hay que recrear al hombre, es decir, convertirse, purificarse y ‹nacer de nuevo›.
Pero siendo la carne y la sangre caída tan negada y terca como hemos visto, el comportamiento resultante es como aquel que introduce sus dedos en un enchufe con 220 o 380 volts o toca un cable de alta tensión de miles de volts y amperios, ¿qué pasa? Se autodestruye y se muere hasta incluso desaparecer físicamente.
Bueno, algo semejante es lo que le está pasando a toda la humanidad, salvo que se decida a tener en cuenta, considere y emplee a las realidades del espíritu con el mismo cuidado y dedicación con que maneja a los actuales sistemas eléctricos, también tan importantes para la co-existencia humana en estos tiempos contemporáneos donde dependemos tanto de esa forma de energía.
Lo mismo deberemos hacer con las realidades espirituales si queremos conservar y expandir aún más la existencia del hombre ¿O queremos desaparecer?
Si aceptamos en nuestro corazón-espíritu la superioridad de lo invisible-espiritual, entonces hemos de aceptar que lo humano visible es superado por lo invisible y espiritual, cuyo ultra sentido, precisamente, es lo único que puede hacer comprender al hombre el sentido de su sufrimiento.
La existencia del hombre se sale de sí misma y apunta en una dirección: llenar la vida de sentido, de una meta; más allá de los placeres, del poder o de la plena realización de sí mismo.
Está orientado a un sentido; aunque apenas lo conozca, tiene una sospecha, un presentimiento. Lo quiera o no, lo reconozca o no, toda creatura cree en un sentido desde que comienza a respirar.
La saturación de vicios y malas costumbres que expresan los vacíos del corazón, son los gritos de auxilio del Cuerpo visible que es la Creación toda; es el pedido de ayuda de este Primer Cielo de la Forma.
Es que, como todos los hombres tenemos un espíritu, es más: somos esencialmente espíritu, inevitablemente éste siempre busca en uno poseer lo trascendente, lo eterno, lo inmaterial que llena los vacíos del alma y del cuerpo todo.
¿Qué es el Amor sino?, ¿o quién puede decir que no tiene necesidad de Amor?
Bueno, quien lo busca insistentemente hasta la muerte es el espíritu; quien incluso se expresa físicamente agolpando el corazón y acelerando el ritmo cardíaco de la sangre.
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