Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
32º entrega
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
32º entrega
El combate fatal es a muerte, cuerpo contra cuerpo, alma contra alma, espíritu contra espíritu, pero si no fuese así, ¿de qué manera se forjarían hombres de semejante cuño?
La primer arma, y decisiva que el Uno nos ofrece a todos los pecadores y santos es la Nueva Eucaristía que comemos y bebemos en la Misa Fideipolítica, donde recibimos el Pan de Vida y Vino Nuevo que nos prometió Jesús en la Última Cena: ‹Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre› (Mateo 26, 29).
¡Esta es la hora, el momento en que esta Palabra se ha cumplido!
En esta nueva Misa celebramos y honramos a la primera redentora: María de Nazaret.
La primera en donar toda su carne y sangre para que se encarnara el Verbo de Dios en su seno, brindándonos tan grande Salvador a la humanidad de todos los tiempos.
Le estaba vedado al hombre el acceso al Árbol de la Vida, hasta que éste: María-Amitiel se encarnara y coronara como Reina y Señora de toda la Creación; para que ahora sí, todos sus hijos puedan comer del Árbol de la Vida y ser en Jesús-la Vida-la Creación.
Para volver la Creación al seno de la Trinidad, al Edén, hay que comer del Árbol de la Vida.
Con María, está libre el acceso al Árbol de la Vida que es Ella.
Además honramos a la Patria como lo que es, un regalo del Padre para que la cuidemos y sea, con nosotros, libre de toda dominación, injusticia y desamor.
No resistiríamos este combate fatal y por eso continuo; pero es el mismo Jesús Presente en nuestro corazón, cuando lo hemos aceptado comulgando Su Eucaristía, quien resiste y decide en cada uno.
Para eso impartimos la Misa Fideipolítica viviendo ya Su Reino en la tierra, y damos a Jesús-Eucarístico a todos, sin distinción o condición; en realidad una sola: dejarse amar por Él, aceptar Su Amor.
Siguiendo lo que Él mismo hizo en la Última Cena con todos los que estaban sentados en Su mesa, no le ponemos límites ni condiciones a los pecadores que quieran recibir la Eucaristía, comulgando para unirse a Su Rey Cristo Jesús, el Salvador.
¡A nadie se excluye del encuentro con el Hijo de la Virgen María en la Eucaristía!
En verdad, la Eucaristía es para todos como Jesús lo quiso siempre, hasta para los Judas de hoy, y para que se cumplan en todos y en cada persona Sus Designios.
Este Pan y este Vino son nuevos porque son transustanciados, junto con la de Jesucristo, la carne y la sangre caída de Sus doce Apóstoles y de todos los santos y mártires de todos los tiempos que se entregaron a Él y con Él.
También llenan esa Copa, el cáliz en cada celebración, las miserias, las heridas, los intereses y todo aquello que sobra y estorba en el alma de los fieles que participan, que así lo quieren y lo sienten.
Ocurre entonces la Pasión de cada uno, de su cuerpo que muere con el Señor Jesús; la carne y la sangre caída que muere para dar lugar a un espíritu nuevo.
Esto se hace concreto durante toda la Misa Fideipolítica en la medida que aceptamos y creemos que allí Jesucristo nos exorciza y libera de los malos espíritus o costumbres que nos esclavizan.
Es la recompensa aquí para todos los santos servidores que llenen Su Cáliz con la sangre de su carne y con el valor de su espíritu. La recompensa es el Reino de los Cielos en la tierra.
Esta es una de las grandes diferencias e innovaciones de la Iglesia de Jesús con respecto al mundo y sus actuales prácticas gastadas.
Por eso en la Misa Fideipolítica rezamos al consagrar las ofrendas del pan y el vino,…y te rogamos que agregues nuestra carne y sangre que te entregamos en testimonio de nuestra impotencia y total dependencia de Ti; y luego, en la oración para después de la comunión, pedimos… ayúdanos a vencer nuestra carne y sangre porque sin Ti nada podemos, para poder vivir como dignos hijos tuyos…
«¡Cuánto Me apremia encender en otros este deseo de llenar el cáliz con la muerte de la carne, para después beberlo, y ser parte del Padre en su amor ilimitado de oblación total!» _dice el Señor.
Ser parte del Padre en Su Amor ilimitado de oblación total es el deseo que el Señor quiere despertar en todos sus hijos, porque ya está en cada corazón el Corazón del Padre, aunque la gran mayoría no lo sabe.
Si somos conscientes que somos seres espirituales, con y en el Espíritu combatamos los procederes de la carne y la sangre caída. Es fatal luchar contra ella sin darle tregua, pero sin asco ni odios propios de un falso misticismo (Cf. Colosenses 4, 1-2).
Se trata de obedecer a la Reina Madre María y a Su Hijo en cosas que nos parecerán locuras, que contradicen nuestros esquemas mentales; y esto causará la muerte de la carne y la sangre caída y así podremos entregar, junto con la Eucaristía, nuestro cuerpo y sangre a los demás, acompañándolo a Jesucristo en Su Sacrificio único y supremo. La Misa es muerte-Resurrección.
Nos enseña Jesús: «Cuando Yo acepté y bebí el Cáliz, no lo hice por cumplir, lo hice por Amor a ustedes. Sólo amando iba a cumplir con lo que el Padre Me pedía.»
Ese es el camino hacia una disciplina del corazón necesaria para cumplir con la misión de salvarnos, salvando a la Patria y al mundo por Amor y no por cumplir. Esta disciplina hay que ganarla venciéndonos con la fuerza del Espíritu que Jesús Eucarístico nos da.
De esta forma, la obediencia apoyada en la Fe, se transforma en entrega de uno mismo por el bien común.
Aunque obedecer no es la palabra adecuada para los tiempos que corren, sino conocernos y reconocernos en Jesús; es decir, no es estrictamente obediencia a algo o alguien exterior, sino reflejo en Él de lo que está en nuestro corazón: el Corazón del Padre.
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