ESCUDO PAPAL

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El Papado Gobernante encabeza el Colegio de los Apóstoles de los últimos tiempos que asumen unidos, SER el Señor y Maestro Jesucristo, servidores a la única Iglesia que Él mismo fundó, su conducción: el Imperio del Sagrado Corazón de Cristo Rey.

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jueves 29 de diciembre de 2011

* Una Nueva Conducción


Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
33º entrega – parte 1

La entrada en el Reino siempre es muerte y Resurrección, más allá de los momentos y formas de realización que tiene este proceso-reconstrucción del hombre; porque no es un solo acto sino muchos, sean visibles y/o invisibles, en un paso a paso en el tiempo, incluso diario o cotidiano.
Primero, en los Arcángeles conductores y sus esposas, además de los conducidos.
Por lo tanto, va de suyo el combate fatal consigo mismo de cada uno que así lo quiera para alcanzar la mayor victoria a la que se pueda aspirar: ¡La victoria del espíritu sobre la propia carne y sangre caída!
Les venimos mostrando las herramientas, las armas del Amor con las que podemos contar para vencer a nuestros enemigos amando más y más; y ahora llega el turno de revelarles las dos condiciones que unidas, son fundamentales, forzosas y precisas: la Conducción y vivir en común-la Común Unidad, sea para dar este combate fatal cómo para vivir la Resurrección-el Reino de los Cielos en la tierra.
Comencemos por la Conducción. ¿Qué es? Guía, dirección, administración, reinado, gobierno, mando.
Es el Espíritu Santo el Corazón del Padre, el Espíritu de Dios quien conduce el Alma del Padre, y quien conduce la Carne del Padre: Su Hijo y sus hijos (Cf. Juan 14, 23).
El Espíritu de Dios es el que Conduce Todo porque Es la Voluntad del Padre, y el Verbo Es la libertad del hombre; y en su cuerpo físico, Es el Espíritu Santo, cuando se hace Templo de Dios.
¡El cuerpo físico visual del hombre, tan atacado, vituperado, rebajado y despreciado! ¿Qué es el cuerpo físico del hombre en verdad? Es Templo del Espíritu Santo sí, pero, ¿qué es él?
Es el resumen del Amor Todopoderoso Creador del Padre, resumen de todas las gracias y bienes: las del cielo y las de la tierra. Y lo es para ser digno de llamarse: ¡Trono de Dios, del Santo Espíritu Eterno!
Es lo más bello de lo Bello, y claro que no es menos por ser visible; es más, su poquedad, simpleza y perfección es digno de admiración por parte de todos los santos y ángeles, ¡por la misma Virgen Santísima!, ¡por el mismo Padre Creador! Es lo más bello que tiene Dios-el Espíritu; y porque Él lo conduce, merece tan grande elogio. ¡Por la Resurrección el cuerpo vuelve a ser en el Reino, lo que en verdad es!
El tema central que buscamos contemplar consiste en ver-apreciar y comprender el estilo del Rey Cristo Jesús en el arte de conducir.
Continuaremos con la semblanza del origen, la génesis de la Conducción, pero antes Nos queremos echar luz sobre una cuestión básica de nuestra Fe.
Las religiones, en general, son caminos para buscar a Dios sobre la base de ideas propias, se podría decir, y todas, contaminadas por el árbol de la presunción, pretenden hacernos saber a los humanos qué está bien y qué está mal según la idea que cada una tiene de Dios.
Como las diversas filosofías y sus escuelas, se dedican más bien a definir valores en contraposición a los antivalores, una ética y una moral, antes que a promover su fe o creencia particular.
De esta forma, con el trasfondo del dualismo, como las demás iglesias e iglesiolas, también la Fe verdadera ha caído en excesos moralistas, poniendo el énfasis en los valores cristianos y descuidando el suscitar la Fe en la relación personal de cada fiel, y de todos, con un Dios Vivo, Presente y Actuante.
Por eso, para la Fe encarnada, en dicha relación personal surge desde el corazón-espíritu, la aceptación de Su Conducción porque, ¿cómo podríamos tratarnos con el Altísimo sin contemplarlo, adorarlo y obedecerlo como al Rey Universal que es?
Claro, la carne y la sangre caída puede, y de hecho ocurre con muchísimos de sincera religiosidad donde fríamente predominan las razones del cerebro sobre su corazón. Creen conocer a Dios, tienen una idea de Dios, pero en realidad no conocen Su Verdadero Rostro.
Sin vivir, experimentar Su Conducción, no Lo podemos conocer.
A Su Conducción queda sometida toda ética y moral como veremos porque, sin conducción, los valores sólo tienen el sentido de la vanidad, de la vana gloria humana.
Desde lo profundo interior hacia lo exterior contemplamos en el ser trinitario del hombre completo, al espíritu o Tercer Cielo, es lo que está destinado a poseer a Dios para servirlo, sirviendo al hombre.
El Espíritu Santo es-está en cada espíritu encarnado. Es el principio generador-conductor, el carácter y temperamento íntimo, nuestra esencia y sustancia, fuente de nuestro vigor o fuerza y virtud o vicio, que alienta y fortifica o ensucia y desalienta el alma y el cuerpo del hombre para obrar correcta o incorrectamente, aunque en verdad, es amando más o amando menos. ¡Amar o no amar es la opción![1]
La historia nunca fue la lucha entre buenos y malos o lucha de clases ni entre razas, etc. Esta dolorosa experiencia humana aparente es obra del diablo y sus aliados en todas las épocas que sembraron ese sentimiento, que si bien se apoya en la aversión y rechazo del hombre a toda dominación y despotismo, arrasan con la Autoridad y el Poder que el Padre ha delegado en todos Sus hijos, los hombres.
Por eso la carne y la sangre caída, se aferra sin fundamento a la ilusión de ser libre, rechazando toda conducción, empezando por la de Dios; confunde Autoridad con autoritarismo, y a este, con poder.
Niegan así el carácter servicial de la Autoridad, sea para ejercerla o para acatarla.
Conducción es todo acto de Amor y es servicio de Amor.[2] (Cf. Mateo 20, 20-28)
En verdad la historia es el relato de cómo el Señor vino llevando a todos Sus hijos pródigos, guiándolos y conduciéndolos a partir del ejercicio de la plena libertad de los mismos hacia el Paraíso Celestial en la tierra nuevamente por un camino santo: el de la conducción de los pueblos.
Para el pensar humano, tanto la guerra como la política, es una confrontación y lucha de dos fuerzas opuestas que desemboca en el dominio y sometimiento de una fuerza sobre la otra, o el exterminio-aniquilamiento de uno de los contendientes sea por desaparición física o la absorción por parte del triunfador; y en este sentido, se ha dicho y escrito que la política es la continuidad de la guerra por otros medios.
Pero para el Pensamiento de Dios esto no es así porque en Su Guerra de Amor “contra” la rebeldía de sus hijos, las luchas entre Sus hijos no son más que reyertas entre hermanos, que a veces, como buen Padre ha permitido, para no cercenar la libertad de los mismos por una parte, y por otra parte, en su ejercicio, forjarlos y formarlos en su verdadera dignidad, sea permitiendo la continuidad de sus coexistencias terrenales o retirándolos de la misma.
Esto se puede aceptar comprender sólo en el contexto y perspectiva de la Eternidad, de la Vida Eterna. La muerte física y la desaparición de los cuerpos del orden visual, es sólo un paso necesario a la Salvación de las almas que nos conduce a la Resurrección de esos mismos cuerpos.
Por eso, sin negar el inevitable dolor y sufrimiento que producen la guerra, sea militar, política o incluso social y cultural, no tiene en Su-Nuestra Concepción ni en el campo de la Fe verdadera, el carácter final y trágico que le adjudican los paganos y los sentimentalismos morales de la humanidad caída.


[1] ‹La Revelación Suprema de Todo Bien› – Nº 14
[2] ‹La Revelación Suprema de Todo Bien› – Nº 50, 59

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