Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección!
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR
Para todos los hombres en esta agonía universal
36º entrega - parte 1
Decíamos que podemos correr resueltamente a dar el buen combate fatal por la muerte-Resurrección, pero no solos sino en común-unión, viviendo en Comunidades.
No se vive en común en plenitud o completamente cuando se está dividido e impulsado _a causa del combate de espíritus_ al egoísmo-individualismo. En consecuencia vivimos una lucha de almas: es la lenta y el permanente avance de la disolución de relaciones y vínculos, la destrucción del entramado social.
Dios es Comunidad, es Uno y Trino. Las Comunidades son reflejo, extensión de la Santísima Trinidad y en las mismas, cada hombre, varón o mujer, se une a Dios y a María Santísima, el Uno Conducción, en una Trinidad de Luz. De esta forma, las Comunidades van constituyendo Su Cuerpo Santo.
Hablamos de verdaderas Comunidades orgánicas, y no de simples aglomeraciones humanas, que el mundo llama comunidades también.
Dios es Amor, y quiere que el método de la Trinidad de Luz se viva y se ponga en práctica entre entidades o instituciones, barrios, ciudades y Comunidades.
Esta ‹pieza de empuje›: el tercero incluido _que también es el rol que cumple toda Comunidad_ es fundamental para que no haya desunión, empezando por las parejas varón-mujer.
Así como la relación o el vínculo entre dos personas necesita la intervención de un tercero, entre barrios, entre Comunidades, y entre ciudades también se necesita lo mismo para que su Guía-Conducción: la Autoridad del Gobierno de Dios, sea eficaz en caso de conflicto o necesidad de corrección, y de esta forma, garantizar, proteger los derechos-deberes de las personas ejecutando los Mandamientos del Amor de Dios.
La Política _la del Reino de los Cielos_ no es de este mundo pero es para este mundo.
Es la usanza de las gentes, es descubrirse en el corazón del otro y saberse uno con el otro.
En verdad, nada atrae más que esto: que el otro vea-sienta que lo que le pasa a él le pasa a uno, o lo que quiere él, lo quiere uno también. Esto ocurre sólo si nos mostramos y somos como en verdad somos.
La Política une los corazones para que ‹tiren para un mismo lado›, si no, no sirve.
De a poco _si seguimos las indicaciones de Cristo Rey_ vamos a ir sacando lo que está en el corazón del otro, y ellos harán lo mismo con el corazón de sus conductores, ¡no puede ser de otra manera!
Porque necesitamos que nuestros hermanos saquen lo que está en el corazón de cada uno de los Apóstoles de los últimos tiempos. Así se construye, y así nos animamos y entusiasmamos.
La libertad sólo se la consigue en común-unión; la libertad es la patria libre. Pero la libertad necesita convicción, y ésta no existe por sí misma, sino que siempre ha de ser conquistada en Comunidad.
En este proceso de profundización del caos que es muerte y Resurrección para todos, salta la libertad verdadera y nadie la conoce.[1] Por eso queremos que la conozcan más y más, la degusten, la vivan más, porque esto es vivir los Tres Cielos como el Padre los pensó.
Las Comunidades cristianas son el reducido legado visible-material de Jesús Conductor, que actúan como levadura en la masa, y que Él fundó desde Su vida pública, transformando la masa en pueblo con los milagros y las gracias (Cfr. Hechos Cap. 2).
Estas primeras pequeñas Comunidades, en su crecimiento y despliegue en los seis primeros siglos, logran conquistar para el Rey Cristo Jesús el imperio romano por medio de la conversión de miles y miles, que serán protagonistas decisivos de la caída y muerte de la esclavitud del paganismo.
De estos primeros siglos, distinguimos ahora los tres primeros por ser los más importantes, precisamente porque en ellos no resplandece lo visible y material de la Iglesia de Jesús, sino una fuerza incontenible, invisible, desconocida: el Espíritu Universal en Sus hombres, unos pocos varones y mujeres.
El Camino de las primeras Comunidades de judíos, y también de gran cantidad de gentiles en medio oriente, el norte africano y Europa; es un continuo peregrinar implantándolas por tres rumbos principales: desde Galilea-Jerusalén, hacia Antioquia, el oriente uno, otro hacia Roma, occidente; y un tercer rumbo _no tenido en cuenta e insignificante para los hombres, pero para Dios, el más importante-decisivo _hacia Compostela-Hispania y luego a América, a la Argentina, el extremo occidente actual.
Contemplemos así el carácter político del Plan de Dios y la operación que comenzara con la peregrinación de Santiago, el Mayor a Compostela: el campo de las estrellas.
El Camino de la Fe Política Apostólica a Compostela es el camino principal del Plan de Dios Padre, desde Compostela-España a las Españas de América, hasta llegar a la Nueva Tierra Santa: la Argentina.
La Verdad germinaba como una flor oculta a los grandes y sabios de este mundo.
¿Cómo eran aquellas Comunidades de los primeros siglos? Para poder ver y apreciar, dándonos una respuesta correcta a esta pregunta, téngase muy en cuenta en qué creían estos hombres que las integraban, todos ellos, comenzando por san Pablo y todos los demás Apóstoles.
Primero y principal, creían firmemente en Jesús Resucitado y en su propia resurrección personal; y además creían que era inminente o pronta Su Segunda Venida, y en consecuencia, se terminaba este mundo junto con su príncipe: el demonio.
Cómo creían esto, se ocuparon y se hicieron cargo, de todas las necesidades humanas: las espirituales y las materiales, poniendo en práctica toda la Palabra de Dios.
Los elegidos fundaron las Comunidades a la espera de la Segunda Venida de Jesús, las Comunidades fueron constituidas y prosperaron en lugares donde la ignorancia instaurada y promovida por el demonio mantenía esclavas a las gentes, tal como sucede ahora en la mayor parte del mundo: paganos e idólatras de sí mismos.
Eran una minoría creciente; después de generaciones en que se había notado su crecimiento, fueron un fenómeno constantemente nuevo y la característica más importante, estas Comunidades-iglesias eran un verdadero organismo socio-político: el único organismo adicional que había surgido dentro del cuerpo del imperio romano; una fuerza permanente y, lo que es más importante, un Estado dentro del estado.
Ese organismo _que representaba-representa una teoría-contemplación completa de la vida_ aunque no admitida en forma alguna por la ley civil, y de adhesión puramente voluntaria, era estricta y formidable.
Ante la mirada de cualquier extraño a la nueva asociación comunitaria, era una monarquía: servían a un Rey, a un Señor invisible, pero real, que se distinguía de todo lo que circundaba por su doble carácter de precisión y convicción.
Pasa que el cristianismo no era una opinión, ni una moda, ni una filosofía; tampoco era una teoría ni un hábito; era un cuerpo socio-político claramente delimitado y basado en una Doctrina exacta, precisa, celoso en extremo de su unidad y de la precisión de sus definiciones, e imbuido, como no lo estaba ninguna otra organización de la época, de una convicción apasionada.
Sus conductores y conductoras surgían solamente de una disciplina del corazón que era entrega, obediencia y servicio.
Vivía el pequeño rebaño cristiano una vocación irrefrenable, un llamado a la lucha por la justicia. No en vano fueron forjados en la persecución y el martirio público por parte de las autoridades del imperio.
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