Carta Fe Política Apostólica ¡Muerte y Resurrección
MANUAL PRÁCTICO DE CONDUCCIÓN SUPERIOR Para todos los hombres en esta agonía universal
43º entrega - Primera parte
La propuesta y enseñanza a Nicodemo con el que comenzamos esta Carta, está dirigida a todos los creyentes en Jesús de todas las épocas; pero aún no habíamos encontrado el Camino.
Aquella pregunta de Nicodemo: ¿Cómo puede suceder esto?, es la misma que nos hacemos o podemos hacer ahora: ¿Cómo volver al Paraíso?
Buscándolo, deseándolo. ¿Deseando qué? ¡Morir para Resucitar!
¡Que los Cielos desciendan a la tierra!
Imagínense, imaginemos juntos, para que lo vean todos, que trabajemos y no haya agotamiento, que seamos liberados de la contradicción y de toda oposición. Que no haya enfermedades porque significa que hay un total dominio del espíritu y alma sobre el cuerpo. En fin, que salteemos las limitaciones que “frenan” o ponen obstáculos a nuestros deseos de amar. ¡Todo tendría otro ritmo, el ritmo de Nuestro Padre!
Como escribiera san Juan Pablo II, en el proceso de muerte-Resurrección queremos ‹…levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: ‹¡Qué bien estamos aquí!› (Lucas 9, 33)
Podrá Dios brillar mucho más en nosotros gracias a nuestra entrega; sólo escuchémoslos a Jesús, María, el Espíritu y el Padre siempre en nosotros, en cada cosa y momento. Pero siempre, todavía podremos dar más; y así se cumplirá Su Palabra y Su Promesa:
«…Vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta pasados los mil años. Esta es la resurrección primera. Dichoso y santo el que tome parte en la resurrección primera. No tendrá poder sobre ellos la muerte segunda, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años.» (Cf. Apocalipsis 20, 4-6)
Reunidos los tres Cielos en uno: el de la carne y la sangre nueva, todo se centra en un punto: el Amor a Dios por sobre todas las cosas para poder Amar-conducir, todas las cosas.
Cuando se ha nacido de nuevo desde el Espíritu (Cf. Juan 3, 4.9), cuando hemos Resucitado con Cristo porque hemos muerto a la carne con Él (2º Corintios 1, 9 - Colosenses 2, 13), como se trata de una Nueva Vida, incierta a la vez, cuesta divisar por donde caminamos, y seguirá siendo así para la carne y la sangre caída.
Pero cada vez más, nuestro corazón unido a la Santísima Trinidad y a la Virgen María: el espíritu, nos irá indicando el camino, y muchas veces, poco comprenderemos.
Una primera facultad y muy importante que tiene la Resurrección primera es que sentimos y tenemos una constante necesidad y búsqueda de marchar hacia lo desconocido, poco conocido o inseguro.
Esto es así cuando el hombre experimenta conscientemente su muerte en las fuerzas de la carne, su impotencia, y se ve obligado en recurrir a la fuerza del Eterno, del siempre vivo y actuante, quien siempre Es, sin darle lugar a las dilaciones: el espíritu-su corazón.
Pero una sensación, un problema aparente llega cuando miramos nuestros pies y vemos que caminamos en el aire, en lo desconocido: esto es el espíritu. Es bueno cuando esto ocurre, por lo tanto, no debemos detenernos; ¡al contrario! ¡Cuando nos desconocemos a nosotros mismos también es bueno!
La única seguridad que tenemos es lo desconocido: y ese es el Rey Jesús. Eso torna la realidad nueva; se reduce, como escribimos, al campo de ejecución de la carne y la sangre resucitadas, porque el espíritu es una realidad de ejecución y no actos pensados premeditados o conscientes.[1]
Como ya no tenemos nada de que agarrarnos, no necesitamos agarrarnos de nada, y cuando nos damos cuenta, entonces podemos volar. Esto es lo que Él quiere: que volemos.
¿Quién dijo que el hombre racional y libre necesita agarrarse de algo? Nadie.
Quien ha resucitado se deleita y se complace en afrontar dichas situaciones. Las busca y las busca durante sus días sin cesar. Viéndolo entonces así, sí se quiere, podemos decir que llegamos a ser “un súper hombre” al Resucitar, pero debe ser esto logrado con una seriedad de por medio.
Se trata del súper hombre que Dios hace de y en cada uno, y no la quimera del súper hombre “hecho a sí mismo”, el británico: “self made men”.
Es decir, dar paso por paso, subir escalón por escalón. Soñar, ser audaces, valientes, no debe llevar a no emplear la seriedad-prudencia en las cosas de Dios.
La Promesa de Dios-el Uno se resume en que volvemos al Paraíso: el deseo más profundo y universal del corazón de todo hombre varón o mujer, cuando aceptamos y vivimos el proceso de muerte-Resurrección.
Cuando en la Creación aparece la primera mujer, Eva, el Paraíso se completó para Adán.
Llegó a su máximo esplendor para la primera pareja: un solo espíritu y una sola carne. Tenían todo, nada les faltaba, la felicidad y la alegría llenaban su corazón, todo era Amor. Esto queremos, ¡y allá vamos juntos!
Dios en el Paraíso era-es para el hombre un semejante, simplemente porque Él nos creó a Su imagen y según Su semejanza. En verdad lo somos plenamente, si así lo decidimos vivir.
Dios, el Uno, Alguien muy cercano, el más próximo-prójimo a cada uno de Sus hijos.
Veamos ahora cómo vamos a vivir a partir de la Redención del mundo en un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra al volver al Paraíso.
La primera pareja de Adán-Eva eran creaturas con conciencia completa-trascendente a la vez, y podían decir yo y tú viéndose a sí mismos como una unidad, una unión-par, y por eso, estaban siempre juntos. Podían emitir juicios certeros acerca de la verdad, la bondad, la justicia y la belleza.
Esa conciencia total iluminaba y gobernaba todo su ser, su propio organismo psíquico y fisiológico, inundando cada parte de sí mismo con la Luz del Creador, y no se veía limitado, como nosotros ahora, a seleccionar los movimientos a realizar por medio de la limitada mente o co-mando.
Dios era lo primero para ellos, tanto en su Amor y en su pensamiento, y lo vivía así, sin esfuerzo doloroso. El ser, el poder y el gozo descendían de Dios al hombre y retornaban del hombre a Dios en forma de Amor obediente y adoración extática. ¡Era pura contemplación en acción!
Dirigían sus vidas hacia Su Creador, y tomaban todos los deleites que recibían como consecuencia de la Gracia, y que surgían en el curso de una vida que gobernaban, no para conseguir esas complacencias, sino para agradar y adorar a Dios.
Su perfección consistía en ser como los actuales niños de hasta tres años de edad que perciben, ven y oyen las realidades espirituales llenos de la inocencia original y de una sencillez o simpleza desconcertante.
El primer hombre tenía bajo control todas las funciones de su organismo. Sus procesos orgánicos obedecían totalmente a su voluntad=Voluntad de Dios en sí mismo, comía o dormía cuando así lo quería y decidía, y no porque el hambre y la fatiga lo obligaran. Teniendo su espíritu-corazón total control sobre su organismo corporal, tenían la Autoridad de Dios delegada sobre su cuerpo.
El hombre del Paraíso no tenía ninguna resistencia a la mansedumbre, era un organismo perfecto sujeto a la Voluntad de Dios a través de su propia libre voluntad completamente ordenada, aunque no obligada, hacia Dios. Esta era-es la plena libertad en Dios, algo difícil de aceptar y comprender con nuestra mentalidad actual, tan estrecha como complicada.
Gobernándose totalmente, gobernaba a todas las especies, a toda la Creación; los animales lo adulaban y veneraban, porque el hombre original fue hecho profeta, sacerdote y rey, intermediario-mediador entre el Creador y Su Creación.
Viviendo en el Amor y por el Amor, al hombre original le daba mucho gusto vencer sus mínimos apegos _porque no sufriendo miedo no los tenía ni “necesitaba”_ y por eso aún hoy experimentamos un reflejo de aquello cuando lo vivimos en la extasiada entrega mutua de los enamorados.
Lo mismo ocurre con varias de aquellas potestades y capacidades originales del hombre que están dormidas, fuera de uso, se podría decir, y que sólo esporádicamente y excepcionalmente verificamos en los hombres actuales, incluso en los santos. Fenómenos comprobados, atributos de la Creación y de los hombres. Más adelante detallaremos algunas de ellas.
[1] ‹La Revelación Suprema de Todo Bien› – Nº 53
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